SOBRE LA INVENCIÓN DEL
DIOS TAPA AGUJEROS
Ante
los que piensan que, no solo cada cosa particular tiene una causa, sino que el
mundo mismo tiene que tener una causa fuera de la serie, Bertrand Russell recuerda lo que nos dicen los físicos: la transición
del cuántum individual de los átomos carece de causa.
En
efecto, la antedicha transición cuántica individual no supone un largo y casual
proceso: es un cambio abrupto, discontinuo, en el que el electrón da
un salto instantáneo -no causal-, entre los niveles, todo lo cual se produce en
fracciones de tiempo como un nanosegundo, es decir, en una milmillonésima parte
de un segundo.
Eso
nos confirma que hay algo que sí puede producirse sin causa. Por otra parte,
ese esfuerzo que realizan los hombres desde sus distintos saberes -la física
clásica, la física cuántica, la biología evolucionista (no hay otra), las
ciencias en general-, parten de un supuesto que todas ellos comparten, y al que
no renuncian: la de que el mundo deba tener una explicación.
También los teólogos comparten ese supuesto, y encuentran que la respuesta no puede ser otra que la existencia del Creador. No se dan cuenta de que, si eximen al Creador de tener una causa, lo mismo podríamos decir de una energía primordial que existió desde siempre, y que no tiene causa.
Eso nos llevaría a prescindir del
antedicho Creador, que no es más que una respuesta humana para un asunto que no
tiene respuestas a ese enigma.
Con
ello encuentra su necesidad, y fundamenta su prestigio, el Dios Tapa Agujeros,
que nos eximiría de seguir hurgando en busca de la causa del universo, porque en el aquella invención de los teólogos estaría la causa necesaria, la
infinitamente noble causa incausada.
Ese Dios Tapa Agujeros, resolvería todas las lagunas de
nuestros conocimientos, aliviando con ello la angustia de vivir en un mundo sin
causa y sin sentido.
Esa notable contribución de la teología al progreso de nuestros conocimientos es agradecida con entusiasmo sublime por los científicos de nuestro tiempo, que ya pueden holgar en la Costa Azul, disfrutando de los buenos vinos de Francia, y de sus estupendas viandas.
Se habrían quedado sin trabajo, en una espléndida jubilación, que les libraría de seguir buscando la esquiva causa del todo. Ya
está ahí la solución a todas nuestras inquietudes: el Dios Tapa Agujeros
lo resolvería todo.
A ello el filósofo inglés contesta:
“Creo que la noción de que el mundo tenga una explicación es un error.
No veo por qué uno debe esperar que la tenga”
(RUSSELL, 1977: 187).
Al filósofo no le falta razón. El mundo no es -no tiene por qué ser- como los medicamentos que nos ofrecen las farmacias: en todos ellos vienen las pastillas, y el prospecto que las explica.
Pero el universo no nos entrega ese
documento que describe en qué consiste: se limita a presentarse ante nosotros,
sin un prospecto que nos explique en qué consiste.
RUSSELL,
Bertrand (1977), POR QUÉ NO SOY CRISTIANO. Barcelona. Editora y Distribuidora
Hispano Americana (EDHASA).
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