¿SON NECESARIOS LOS DOGMAS DE LA IGLESIA CATÓLICA?

NO SON HECHOS HISTÓRICOS: 

SOLO CREENCIAS


El mero hecho de convertir algunas creencias en dogmas -la resurección, por ejemplo- reconoce, confirma y consagra que no se trata de hechos históricos: sólo son meras creencias. 

    Dicho en palabras más inclusivas: no son nada más que creencias, y no son nada menos que creencias

    Lo primero les atribuye la condición que les corresponde: se trata de ficciones.

    Estamos ante la fuerza incontenible de los mitos. 

    Lo segundo les reconoce la relevancia que tienen para los creyentes: no son opiniones, no son argumentos, sino contenidos más duraderos, que se ven eximidos de los trámites que deben soportar los argumentos y las opiniones.

    Y el argumento que presento es contundente, irrefutable: si la resurección fuera un hecho histórico -como son las muertes de Julio César, de Sócrates, de Felipe II o de Platón-, no necesitaría convertirse en dogma.


UNA VUELTA DE TUERCA


Eso nos lleva a dar una vuelta de tuerca al asunto que nos ocupa: la decisión de blindar un contenido, confirma su falsedad histórica.  

Proteger de la crítica esta o aquella creencia -convirtiéndola en dogma-, supone necesariamente el reconocimiento implícito de que ellas no narran sucedidos históricos.

Estamos ante una realidad distinta, inquietante, sn duda alguna parte relevante de la cultura: los mitos.


SOBRE UNA RELIGIÓN SIN DOGMAS

Nada nos cuesta imaginar una religión no dogmática -es decir, sin dogmas-, sin necesidad de blindar las creencias, que serían reconocidas como lo que son -meras creencias-, y no imposiciones autoritarias que hay que aceptar acríticamente.

Convertir ciertas creencias en dogmas, para impedir su crítica, forma parte del control de los fieles por parte de la institución.

Si no las convirtieran en dogmas, si se permitiera cuestionarlas, podrían peligrar: sería fácil refutarlas, o abandonarlas. 

Siendo así, los creyentes -y los teólogos- se quedarían desamparados, sin argumentos que demostraran la veracidad de sus contenidos


LOS DOGMAS SOLO SON MITOS

Pero no menos cierto es que, si prescinde de sus dogmas, la iglesia se convertiría en lo que aspira a ser universal, pero no lo consigue.

Ese objetivo solo lo puede alcanzar mediante una decisión: aprender a leer sus textos.

Cuando acepte que los dogmas son mitos, equiparables a los antiguos mitos de judíos y pganos, podrá la iglesia ser universal.


LA SOBERANÍA DE LOS TEXTOS SE DESPLAZA A LA SOBERANÍA DEL LECTOR


Ese aprendizaje le permitiría leerlos como poesía, no como prosa, como metáfora y no como narración de episodios de la historia.

La lectura es un arte no siempre fácil de alcanzar. Si uno remite la soberanía a los textos, cuando lee en realidad no lee: es leído por los textos.

Disciplina de la filosofía es recuperar la soberanía cedida a los textos, cuyo prestigio le viene de su antiguedad, y del principio de autoridad.

La soberanía pasa a residir en el lector, que no reconoce la autoridad basada en antiguedad ni en la autoridad: es la fuerza de los argumentos la que se impone.

Es el lector el que se impone al texto.

 

¿QUIÉNES ESTÁN EN LA VERDAD?


Lo dicho hasta aquí, ¿supone que los que creen en las apariciones están  equivocados? Eso depende. ¿De qué depende? 

De la decisión que tome cada uno, y del contexto que decida como punto de partida de su decisión. 

Si pone por delante sus creencias, naturalmente dirá que el equivocado es el que cuestiona sus creencias, o tiene otras creencias.

Pero si, tras un esfuerzo intelectual -infrecuente entre los creyentes-, amplía el contexto, y le da por pensar si los hombres de la más remota antigüedad -incluídos los neandertales y los denisovanos-, estaban equivocados, tal vez encuentre una puerta abierta a otra forma de pensar.

¿Estaban equivocados los nativos de la América austral, que vivían en la edad de piedra, y no tenían templos ni dioses?


TODAS LA CULTURAS TENÍAN LA VERDAD, NINGUNA ESTABA EQUIVOCADA


Nos permitimos entreabrirle esa puerta al lector, invitarle a que se asome al otro lado: allí le espera un argumento no irrelevante. 

Ninguno de los miembros de esos grupos estaba equivocado, como no lo están los chinos de nuestro tiempo, ni los agnósticos o ateos.

Para tranquilizarle, para conjurar el riesgo de que se sienta atacado por mi análisis, me anticipo y le digo: tampoco los creyentes en la resurección, y en las apariciones, están equivocados.

Empecemos por los antiguos. Los individuos de aquellas sociedades primitivas vivieron en entornos culturales cerrados, algunos de los cuales desconocemos. 

Podemos pensar que esos entornos culturales arropaban a los individuos en universos simbólicos generados por ellos.

Esos universos eran verdaderos para ellos. 

En esos universos simbólicos, ninguno de los individuos estaba equivocado: sus mitos y sus símbolos eran verdaderos para ellos.


¿ESTABAN EQUIVOCADOS LOS FARAONES QUE CONSTRUÍAN PIRÁMIDES? 


¿Estaban equivocados los obreros que acarreaban las enormes piedras por el desierto, para subirlas luego y dar adecuada forma a la pirámide?

¿Estaba equivocada la magnífica cultura de los paganos?

¿La Roma imperial de Quinto Horacio Flaco y de Virgilio estaba equivocada, a la espera de que la verdad les llegara desde una colonia imperial asiática?

¿Estaban equivocados los súbditos de Atahualpa, o los súbditos de Moctezuma Xocoyotzin?

¿Estaba la verdad en los aventureros de Hernán Cortés y de Francisco Pizarro?

En el distrito de la cultura al que nos referimos es cierta la frase de que verdad es lo que el estilo de pensar de una época tiene por tal. 


EN ESTOS ASUNTOS, LA VERDAD ES EL ESTILO DE PENSAR DE UNA ÉPOCA


En España, durante casi 8 siglos, verdad fue el Islam: error era el cristianismo. Luego cambiaron las cosas, y cambió la sede de la verdad y el libro que la avalaba.

Muchos siglos antes, las legiones que recorrían amplios territorios para el Imperio Romano, cuando conquistaban una ciudad respetaban a sus dioses: consideraban que los únicos dioses verdaderos eran aquellos que eran venerados en esa cudad.

La sabiduría del paganismo contemplaba la tolerancia, actitud que los herederos cristianos del Imperio Romano jamás compartieron.


LA CONFUSIÓN ENTRE ORTODOXIA Y VERDAD


Estimado lector, tal vez te estarás preguntando qué pasaría si, tras su muerte, el no creyente se encuentra con que los dioses existen, y que pasaría si el creyente se encuentra con que los dioses no existen.

No pasará nada, por una razón: el sujeto capaz de experimentar lo uno o lo otro no existirá, luego no habrá esa desazón ni esa sorpresa.

O sea: el creyente no se encontrará con nada, porque de él, tras su muerte, nada queda.

No estando entre las posibilidades de la evolución ese salto cualitativo de una especie cuyos individuos sobreviven a su muerte, tampoco habrá ni sorpresa ni desazón.


ESTAMOS CÓMODOS EN LA CULTURA DE LA INMANENCIA


Y corre por cuenta del creyente proporcionar alguna prueba consistente -una prueba empírica, y no una mera fantasía-, de que existe vida después de la muerte. 

Recurrir a la metafísica para argumentar esa existencia ultramundana es algo que soliviantaría a Schopenhauer, a Darwin, a Nietzsche, a los pragmatistas, a Habermas y a muchos más.

Pedirle prestados argumentos a la metafísica arrancaría una sonrisa de medio lado a la práctica totalidad de los filósofos  de nuestro tiempo.

Los herederos de Spinoza, de Feuerbach, de Marx, de Schopenhauer, de Darwin y de Nietzsche, empadronados en el universo de la muerte de Dios y en la cultura de la inmanencia, no nos sentimos incómodos en el mundo de la inmanencia.


 

 

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