¿DÓNDE RESIDE DIOS?
Los dioses no existen: pero Dios subsiste
Los dioses no existen -decimos-, pero el solitario y esquivo Dios existe: a su manera, claro.
¿Cuál es esa manera que le permite al solitario Dios existir a su manera?
La pregunta es relevante. ¿Por qué lo es? Pues por un motivo que impulsa al pensamiento a emprender la búsqueda de su terca y tenaz subsistencia, tan pertinaz como la lluvia a los campos, el agua a los puertos y la nieve a las montañas más altas.
Si el lector me sigue en esta excursión que le propongo, verá que el asunto tiene enjundia.
Y no descartamos que regrese de la excusrión con las maletas bien provistas para reflexionar sobre el asunto y, contrastarla con los argumentos que tenía al iniciar el viaje, y los que vaya encontrando en la esta aventura compartida.
¿Dónde reside Dios, o sus antecesores, los dioses?
Lo primero que se nos ocurre decir es como un primer escalón, para que el lector siga el itinerario que le proponemos, y suba varios pisos con el autor, para poder contemplar desde lo alto lo que nos hemos propuesto compartir con él.
¿Desde lo alto de qué? -podrá preguntarse el lector.
Y aquí va mi respuesta que -lejos de ser pretenciosa-, pretende ser una suerte de atalaya compartida, desde la cual podamos contemplar este grave asunto con argumentos que nos parecen razonables: desde el horizonte más amplio que nos permite acceder a las razones y argumentos que están al alcance de la conciencia de los occidentales de nuestro siglo.
¿Dónde estaba Dios entre los denisovanos y los neandertales?
Esta sería la pregunta con la que se nos ocurre trepar un segundo escalón: veremos como el horizonte que se nos ofrece a nuestras miradas es más amplio que el que nos entregaba el escalón anterior.
Y aquí va mi respuesta: en ninguna parte. Dios no existía entre los hombres de Denisova. Visitemos ahora a los hombres de Neandertal: tampoco alli vemos vestigio alguno que dé testimonio de la existencia de Dios.
Pasemos ahora al plural: bueno, vale, Dios no existía, pero, ¿los dioses tampoco? Respuesta inequívoca: no, tampoco los dioses existían.
Y enfatizamos lo dicho: los dioses no existían en ninguna parte. Esas extrañas criaturas -los dioses-, no tenían alojamiento entre aquellas gentes: ellos vagaban por el mundo sin esa protección que -en el decurso de la evolución- irrumpiría mucho tiempo después.
Y nos parece evidente que, si no existían, era porque ellos no los necesitaban. Ampliamos lo dicho, con esta observación, que nos parece heurísticamente eficaz: aquellos raros ejemplares de hombres no necesitaban a los dioses, y por eso no los inventaron.
Ontología y Psicología: heteronomía y autonomía de los dioses
Digámoslo claro: tras esos fracasados ensayos que la evolución perpetró para dar con el homo sapiens, los aburridos dioses hablaron a los nuevos ejemplares de hombres que iniciaban una aventura inciereta, desde el único lugar donde podían habitar: desde los albores de la conciencia de ese ensayo exitoso que fue el homo sapiens.
El dramático testimonio de Gilgamesh, príncipe de Ur
¿Y que fue lo que los dioses susurraron a la criatura que empezó a plantear preguntas?
Ate el inquietante escenario que se abría ante su conciencia -a la que se asomaban, sin saber lo que encontrarían en ella, como un niño pequeño que pregunta el por qué de cualquier cosa, empezó a preguntar por algo terrible que acababa de encontrar: tan horrible era que dieron en llamarla "la muerte".
Y la muerte le espantó. Se pusieron a trabajar para conjurarla, para hacerle frente, para derrotarla. Porque tras esa lucha algo había, y lo acababan de descubrir: querían permanecer e la tierra.
Sí, era tan osados que buscaron la inmortalidad terrestre, terrícola y terrenal.
Ocurrió que la muerte -mujer al fin- no se dio por enterada. Miró para otro lado, y no peritióque la desmesurada pretensión de aquellas criaturas cambiara su comportamiento. Siguió visitándolos, y sus incursiones sobre el territorio de los humanos dejaba una abundante cosecha de muertos.
El príncipe Gilgamesh no tardó en reaccionar. Protestó contra la ingerencia de tan impertinente señora, y reclamó para sí su inmortalidad en la tierra. Dico en román paladino: no tenía la menor intención de marcharse con esa señora.
El dios del imaginativo Tarsiota es una invención propia de un novelista o -mejor aun-, del creador del cuento corto. El dios del místico Hiponense no está fuera de la conciencia: es en el inerior de sí mismo donde lo encuentra el obispo de Hipona. O sea: es un dios cuyo estatuto no es ontológico sino meramente psicológico.
El dios del reflexivo Aquinate es la primera causa, la causa incausada, y nos proporciona un argumento que derrota a todos los dioses, y también al dios del mooteísmo. La expresaremos así: si todo fenómeno tiene necesariamente una causa, pero no el todo, a ese todo le podemos dar el nombre de Dios, por supuesto, a no ser que decidamos asignarlo a una energía primordial. Y esa es la causa incausada. Entonces, ¿dónde queda Dios? Si existiera el limbo, diríamos que queda confinado en el limbo. Pero como el limbo no existe, y los dioses tampoco, toca dejarnos de perder el tiempo en tonterías, y ¡a vivir que son dos días!
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