LAS
MENTIRAS DEL LIBRO DE JOSÉ CARLOS GONZÁLEZ HURTADO
Nuevas Evidencias Científicas de la Existencia
de Dios. (2024), Barcelona. ROCA..
¿Estamos ante el Nuevo Aquinate de la Iglesia Católica?
Al autor de estas
líneas le acaba de llegar un libro de un tal González-Hurtado. Está sembrado de
sandeces, entre la que destaca su título: Nuevas Evidencias Científicas de
la Existencia de Dios. El rótulo es el anuncio publicitario de la sarta de
tonterías que le aguardan al lector.
Para
empezar, no hay ninguna nueva evidencia científica de la existencia de ese
esquivo personaje, por una sencilla raón, que el autor ignora: en principio, no
compete a la ciencia ese tipo de pronunciamientos. Decimos que en principio no
le compete, y matizamos lo dicho. Si adoptamos la creencia en Dios como una
hipótesis, tendremos que aceptar sus consecuencias: entre ls competencias de la
ciencia sí entraría ponderar la verosimilitud de esa hipótesis -sobre su
idoneidad como candidata a la verdad-, y pronunciarse sobre la pertinencia o
impertinencia de la misma.
Siendo
así -y si un científico anuncia urbi et orbi nuevas pruebas de la
existencia de Dios-, no vacilaremos en condecorar al intrépido autor con el
pomposo y distinguido título de Nuevo Aquinate de la Iglesia Católica,
escoltado por este otro atributo académico no menos prestigioso que el
anterior: Doctor de la Iglesia.
La frivolidad de utilizar la ciencia para probar lo que no se puede probar
No así.
El autor del libro de marras no nos da la oportunidad de otorgarle tan digna como
inmerecida condecoración. Lo cierto es que el libro se inicia con la frivolidad
que anuncia el título y, si las pruebas que aduce fueran ciertas, la noticia conmovería al mundo intelectual, desde
Washington hasta Berlín, pasando por Beijing y llegando a Buenos Aires.
Pero
sus muchas páginas solo confirman la deshonestidad intelectual del autor. Pretende
con ese rótulo convertir a ciudadanos con escasa formación, y no nos duelen
prendas en reconocer que probablemente consigue su objetivo: la palabra
“ciencia” es algo solemne, y acudir en su auxilio para arropar textos generados
para un público convencido puede asegurarle algunas conversiones, y a resolver -por
la vía del mínimo esfuerzo intelectual- algunas dudas de fe.
Su
público -poco aficionado a los requisitos y exigencias intelectuales de la
ciencia- podrá caer en las redes que le tiende el autor, porque carece de
argumentos para enfrentarse a los que encuentra en sus páginas y -además-,
porque el que se asome a ellas, no lo hace con esa predisposición: busca
confirmar las creencias que tiene en la cabeza.
Pero
el lector profesional, el lector que no se somete acríticamente a lo que le
anuncia un texto, el lector que no acepta fácilmente los cómodos y livianos
argumentos, sino que ejerce la sana y aconsejable disciplina de la crítica,
sale espantado de su lectura.
Un panfleto
fundamentalista destinado a creyentes acríticos
En
registro de catequista que se dirige a un auditorio de menores de edad -acaso a
mayores que no esperan otra cosa que un cursillo de adoctrinamiento sin ningún
esfuerzo inelectual-, el autor planta la primera frase que el lector encontrará
en el libro de marras, una mentira como una catedral, y todo lo que hace es
confirmar la mentira del título: “Las evidencias científicas a favor de la
existencia de Dios son tan abrumadoras que de tratarse de otro tema el consenso
sería total y la discusión ninguna.”
Aquí
el único elemento abrumador es la solemne mentira que ya hemos desactivado: no
existe nincuna evidencia, no hay ningún consenso, ni lo habrá, y el debate no
terminará con la publicación de ese libro. Lo que hay que procurar es que el
debate no pierda nivel cultural, y tenga a bien ignorar ese texto.
No
satisfecho con eso, el autor –encantado de haberse conocido-, se sale con esta
patraña: “Estas evidencias -como veremos- se han acumulado en las últimas
décadas, dejando al ateísmo derrotado en
toda la línea y en franca retirada” (2024: 19-29).
La farsa
no termina ahí. A continuación despliega una banal y adventicia metáfora bélica
sobre ejércitos derrotados -el de los ateos-, que ”lanzan una ofensiva casi suicida como un último y deseseperado
intento de revertir lo que ya ven inexorable”. Bastan esas líneas para
descalificar todo lo que sigue: un panfleto fundamentalista destinado a
convencer a creyentes acríticos y a estimular la vergüenza ajena en el lector
objetivo.
Y si,
tras estas denuncias, queda alguien que dude de las líneas que escribimos, se
encontrará con una afirmación que le confirmará lo que decimos: escribe que siempre
habrá ateos, porque “el hombre es capaz de creer en cualquier excentricidad”.
Al
lector le asalta la duda de si se refiere a las razones sensatas que pueden
presentar los no creyentes -sean ateos, agnósticos o indiferentes-, como, por
ejemplo, la extravagancia de creer en un excéntrico Dios, que bajó a la tierra,
desparramó palabras confusas que ni siquiera sus seguidores lo entendieron, al que
los hombres han ejecutado, que es miembro de
una sociedad secreta de la que nadie tiene noticia -le llaman la
trinidad- en la que tres personas son una sola, que ha resucitado y que
-desde entonces-, los creyentes en esa extraña divinidad comen su cuerpo y
beben su sangre los domingos y las fiestas de guardar, o incluso todos los días.
Una retórica
perversa, fácil de refutar
A falta de argumentos
consistentes, el autor recurre a solemnes tonterías, como la de afirmar que “los
ateos, siendo en muchos casos personas desgraciadas, piensan paradójicamente
que hemos tenido una suerte inusitada y
que el universo y la Tierra y la vida y la vida humana han aparecido por
casualidad en contra de todo lo esperable” (21).
¿Debemos
suponer que hizo una encuesta entre un millón, cien mil, diez mil o mil ateos
para fundamentar la idea de que son nos desgraciados a los que -suponemos-
habría que rescatar de su triste naufragio? El que escribe estas líneas ha conocido
en muchos países -en circunstancias diversas-, personas felices y desgraciadas,
y personas que no se preguntaban si eran esto o aquello: unos eran creyentes,
otros eran ateos o agnósticos, y otros no se planteaban esas cuestiones, entre
los que estaban algunos cientos de alumnos de la República Popular China, de un
máster en el que el autor de estas líneas daba clases.
Y esas
circunstancias personales y culturales nada tenían que ver con la felicidad o
la infelicidad de unos y de otros. El recuerdo que a este autor le dejaron es
el de que todos ellos disfrutaban de momentos felices y de coyunturas infelices:
igual que el resto de la gente, igual que el autor de estas páginas.
Por
otra parte, hay que reconocerle al autor su habilidad para colocar dos
flagrantes mentiras en esas pocas líneas. ¿De dónde saca eso de que alguien
afirma que el universo, la Tierra, la vida y la vida humana han aparecido por
casualidad? Nadie.
¿Qué
diremos del autor que escribe esas tonterías? ¿Es por falta de formación? ¿Es
por su confesada intención de colar mentiras para captar adeptos con argumentos
cuya falsedad conoce, como se advierte ya en el título de la obra?
Pero
la impostura del autor no termina ahí. ¿De dónde saca el intrépido autor la
idea de que “es imposible que la vida en la Tierra haya aparecido por puro
azar? Porque escribe esa línea para criticar a los que sostienen esa tesis,
de modo y manera de poder refutar eas patraña de que la vida pudo haber
irrumpido en el mundo por mero azar.
Ocurre
que estamos aquí ante otra tontería, un infantilismo fácil de detectar y de
denunciar: no solo los biólogos -cualquier investigador que se precie-, que
busque la verdad, no meros subterfugios para obtener otros fines ajenos a la
verdad, estará de acuerdo con ello: la vida no pudo surgir por mero azar,
y no hay nadie que lo diga o qe lo discuta. No existe ningún científico que
hable de casualidad en el origen de la vida.
La Falacia del Espantapájaros, sofistería vacía de sabiduría
Lo
dicho desactiva la argumentación del autor. Está muy visto ese recurso retórico
de inventarse un interlocutor, al que atribuye una frase estúpida, para luego
arremeter contra ella y prestigiar con ese falso testimomio la idea que quiere
colocar, ocultando con ello cuál es el auténtico estúpido: un estupido con
denominación de origen.
¿Por
qué enseña alguna cita irrelevante de Richard Dawwkins, y omite el valioso
texto en el que expone sus argumentos, entre los que no se menciona ni el azar
ni la casualidad como origen de la vida? ¿Por qué no exhibe la complejidad de
la metáfora que el antedicho científico
explica con su metáfora del monte improbable, que hemos expuesto en otro
tramo de ste tabajo?
¿Es
que la supuesta verdad cristiana necesita del sospechoso auxilio de la mentira
para mantenerse en pie en el competitivo y difícil mercado de los argumentos? Estamos
ante un caso flagrante de la adopción de una retórica perversa -la Falacia del
Espantapájaros- fácil de desactivar y de refutar
Desde
la lejana Atenas, el Estagirita nos recuerda que los argumentos contenciosos o
erísticos “son los que razonan o parecen razonar a partir de opiniones que
parecen ser generalmene aceptadas, pero que realmente no lo son”
(ARISTÓTELES, 1980: 33).
No
se equivocaba el macedonio cuando decía que “la sofistería es, en efecto,
una apariencia de sabiduría, sin la necesidad de la misma” (Op. Cit., 68),
enunciado que describe a la perfección el libro de marras y a su autor. ¡Niente
di nuovo sotto il sole!
La lectura de un libro prescindible.
Iniciábamos
este capítulo recurriendo a uno de los recursos interesantes de la inteligencia:
el sentido de humor. Anunciábamos la posibilidad de que estuviéramos ante un
segundo Aquinate de la Iglesia Católica, acaso un aprendiz de teólogo, una
especie de segundo Santo Tomás, que anuncia urbi et orbi la buena nueva
de sus seis pruebas científicas de la existencia de Dios.
Como
quedó dicho, de ser cierta esa extraordinaria novedad, habría producido una
conmoción notable en la cultura occidental, un tsunami que barrería con todos
los errores concebidos por la filosofia de los últimos siglos -ya se sabe, la
verdad es una, el error es múltiple-, producto de la vanidad y del orgullo de
los hombres.
Con
esa ideología de la inmanencia, los filósofos habrían aspirado a eliminar a
Dios del horizonte de la cultura, para ejerer ellos mismos de dioses capaces de
orientar a una hunanidad descarriada que vaga perdida en los brumosos, confusos,
erráticos y pecaminosos caminos de la tierra.
Ocurre
que las supuestas (y no confirmadas) pruebas científicas de la existencia de
Dios no son tales: se trata de una fantasía del autor, de una falsedad más que
conviene desactivar, porque con ella cae toda la argumentación del libro.
El
infantilismo del autor puede pasar desaperibido para los creyentes no muy
versados en estos asuntos -lo probable es que se sientan confortados por sus
argumentos-pero deja pasmado al lector atento, que esperaba encontrar en sus
páginas seriedad intelectual y recursos sensatos para enriquecer el diálogo
entre creyentes y no creyentes: obviamente, su búsqueda -de la primera página a
la última- ha quedado defraudada.
Sobre la teoría de la evolución y la existencia de Dios
El
autor analiza las supuestas evidencias científicas que demostrarían la
existencia de Dios: presenta primero las pruebas de la física y de la
cosmología, prosigue con las de las matemáticas y concluye su periplo pasando
revista a las pruebas que encuentra (que cree encontrar) en la biología.
Periplo
prescindible, errático, caprichoso, descontextualizado y con un desenlace no
menos prescindible, necesario para su causa, aunque solo consiga multiplicar el
disparate: con la autoridad que le confiere su mal ocultada soberbia -que
naturalmente, niega-, el autor viene a
noticiarnos que la causa de que no todos los científicos sean teístas está en
la psicología, en el miedo y en la soberbia.
Pero
antes de abordar ese final, tomemos las (supuesas) pruebas que -según el autor-
nos entrega la biología. Empieza el capítulo dedicado a la evolución, que revela
su actitud altanera y despectiva:
Desde la primera página de este capítulo vamos a
arrebatar un argumento espurio que en
manos de ateos mal informados o poco escrupulosos se ha usado en contra del
teísmo. No existe contradicción entre la teoría de la evolución y la creencia
en la existencia de Dios (Op. Cit., 241).
¡Pido
a los lectores que presten atención al léxico del autor, que no oculta su
desprecio por los ateos -en sus increíbles videos no duda en calificarlos de
tontos-, y que no puede quedar sin réplica contundente: arrebatar, ateos mal
informados, poco escrupulosos, argumento espurio.
El
autor no ve conflicto entre creación y evolución, opinión discutible, porque es
tanto como confiar en un recurso tortuoso al que habría recurrido Dios para
llegar al homo sapiens, una travesía sembrada de tramos que pudieron no habla
de un Dios que es un mero aficionado, no muy habilidoso para crear a su
criatura: pues sí, hay conflicto y también incompatibilidad entre creación y
evolución.
El autor confunde incompletud con falsedad
El autor
dice que la teoría de la evolución es solo una teoría, y que no está
universalmente aceptada, lo cual constituye otra falsedad: sí, resulta que -mal
que le pese-está aceptada universalmente. Otra cosa es que subsistan algunas
críticas -totalmente justificadas: bienvenidas todas ellas-, porque es cierto que
la polémica teoría no consigue explicarlo todo.
Pero
confundir incompletud con falsedad -identificando lo uno con lo otro- no es más
que otra de las muchas confusiones en las que incurre el autor. En la exposición
que hace de la teoría de la evolución revela ser un pésimo lector de la
ciencia, todo lo cual el lector avispado podrá comprobar.
Pasemos
a ello: el autor hace un listado de las muchas equivocaciones y correciones de
la teoría que se han producido a lo largo de los años, aventura de la que -irresponsablemente,
con mediocridad más que mediana- colige la debilidad de la teoría y sus muchos
intentos de negar la intervención de un Creador como impulsor de la antedicha
evolución.
Y
aquí es donde revela su incompetencia para leer los textos de la ciencia: ignora
que ese es precisamente el método con el que la ciencia plantea sus hallazgos,
el método con el que se aproxima a la verdad, y que la teología no hace suyo,
porque con él desaparecían del mapa los teólogos y sus prescindibles textos.
Y es
que la serie de equivocaciones y correcciones no son otra cosa que el método de
ensayo y error, producto de la humildad y de la discreción con la que trabajan
los científicos, y ese es el ánimo con el que la mayoría de ellos comparte sus
hallagos con la comunidad científica y con sus contemporáneos.
El autor
se refugia en un hábil -pero denunciable- manejo de citas de los autores, como
cuando emplea un texto de Darwin y oculta otro, que no le es favorable, porque
traiciona la intención que persigue: no publica la carta en la que el
cienfífico inglés onfiesa que o cree en Dios, que hemos recogido en este libro
Es meritorio el esfuerzo que hace al exponer la diferencia que existe entre creacionismo y teoría del diseño inteligente, aunque el lector no tarda en notar la búsqueda interesada de las citas de algunos autores: acepta unas, excluye otras, que son precisamente las que desactivarían la argumentaciópn que pretende presentar: ya nos hemos referido al caso de Richard Dawkins.
El autor se equivoca por partida doble
Vayamos
entonces a ese final apoteósico del aspirante a nuevo Aquinate que, tras
exponer las (inexistentes) pruebas que la ciencia nos entrega -que confirmarían
la existencia de Dios-, queda tan satisfecho de sus hallazgos que se atreve a
exponer otros valiosos trofeos.
Desde
la psicología, describe el mal que -según él-, aqueja a los científicos
teístas, que no se manifiestan como teístas,
y a otros científicos que se presentan como agnósticos “sin realmente
haberlo considerado”-asegura el autor-, al parecer por timidez.
Y no
acierta al atribuir la causa de ese fenómeno psicológico a Martin Selegman,
ignorando una investigación que sí da cuenta cabal del origen que explica esa
actitud que cree ver en algunos hombres de ciencia, y que pasamos a exponer.
El
autor desconoce el recurso que aliviaría su ignorancia sobre el asunto que
expone. La teoría de la espiral del silencio lo explica bien: “cuando
alguien considera que los demás le están dando la espalda, sufre tanto que se
le puede guiar o manipular tan fácilmente por medio de su propia sensibilidad,
como si fuese una brida (NOELLE-NEUMANN, 1995:23). A lo anterior, la
investigadora alemana añade lo que sigue:
Sólo cuando una espiral del silencio se ha dearrollado
plenamente y una facción posee toda la vsibilidad pública, mientras que la otra
se ha ocultado completamente en su concha, solo cuando la tendencia a hablar o
a permanecer en silencio se ha estabilizado, las personas participan o se
callan independientemente de que las otras personas sean o no amigos o enemigos
explícitos (Op. Cit, 51).
El
mecanismo funciona así: los individuos toman nota de lo que se lleva en su
entorno, lo que es (o parece) correcto: es el clima de opinión que
existe en torno a temas socialmente controvertidos. Los individuos temen ser
aislados, y ponderan las ventajas e inconvenienes de hacer públicas sus
opiniones sobre esos asuntos.
A
partir de ahí ocurren dos fenómenos: los que figuran como la tendencia
dominante tienden a expesarla sin reparos, es el primero: los que están (o se
sienten) en minoría, optan por silenciar sus opiniones, víctimas del miedo a
ser rechazados, es el segundo.
Los medios
de comunicación amplifican esos fenómenos, consolidando la percepción de esa
espiral, todo lo cual lleva a los imdividuos, bien a expresar su opinión, bien
a callarla, consiguiendo con ello que la opinión que aparece como mayoritaria
aumente su influencia y que los individuos que silencien sus opiniones sean
cada vez más.
Pero
es más que dudoso que eso afecte a los científicos, cuyo prestigio les pone a
salvo de esa espiral, con lo cual lo legítimo es afirmar que el autor de marras
se equivoca por partida doble: se equivoca al elegir la metáfora con la que
intenta ilustrar su argumento, no consiguiendo su objetivo, pues no da con la
metáfora adecuada -la toma del mundo animal, teniendo una explicación
pormenorizada en el mundo humano-, y vuelve a equivocarse al asignar a los
antedichos científicos una tendencia y un temor que no tienen por qué acusarse
en ellos.
Sus textos son típicos de la industria de la cultura
Un antiguo alumno del que escribe estas líneas, católico,
nada fundamentalista -con dudas razonables, con escrupuloso respeto a los no
creyentes-, asegura que flaco favor le hace este autor a la Iglesia. Porque si
bien conseguirá captar nuevos afiliados a la causa -jóvenes no demasiado
ilustrados-, y logrará eliminar las dudas de algunos creyentes, espantará a
lectores más avezados: estos no se tomarán en serio tantos disparates en un
solo libro.
Suya
es esta frase, que pronunció cuando le comenté este libro: el autor no tendrá
lectores, solo feligreses. Y ya se sabe: los feligreses se limitan a leer
textos sin pensar, a escuchar aburridas homilías sin rechistar y a repetir
argumentos fatasiosos sin reflexionar sobre ellos.
Ese amigo cree que el prolífico escritor hace el ridículo
-hipótesis plausible-, aunque cabe darle una oportunidad a una hipótesis que
está golpeando las puertas de este texto: tal vez el autor de tan perversos
argumentos está haciendo méritos para que Woody Allen lo fiche como actor
cómico de su próxima comedia.
En
cualqier caso, lo que sí hay que reconocerle es su domimio de las prácticas
onmipresentes en la industria de la cultura, a la que pertenece, por derecho
ganado a pulso, lo cual no es poco mérito: sus mensajes consiguen banalizar lo
complejo, poniéndolo al nivel del menos capacitado del auditorio.
Es
una estrategia de éxito testado, y recuerda las rutinas de los mensajes procedentes
de la politica. El presidente Ronald Reagan decía que la gente creía que no
había respuestas simples para los asuntos complejos, y se equivocaban: sí
-decía-, hay respuestas simples para los
asuntos complejos, especialidad en la que el político norteamericano era un
experto, como lo son los políticos de nuestro país -de izquierda, de centro y
de derecha- que nos abruman con simplezas que aburren a los muertos.
Como reorientar el díalogo entre creyentes y no creyentes
Al final del libro, el
autor nos informa de algo que sabíamos mucho antes de iniciar su lectura,
porque el autor lo anuncia en el título: da por descontado que “las
evidencias que hemos presentado en este libro (...) deberían convencer a toda
persona razonable e incluso a muchas no razonables de que la existencia del
universo” precisan que haya habido un Creador (Op. Cit., 422).
Ocurre
que no hay en el libro ninguna novedad, -ninguna evidencia, salvo la que
cofirma la anemia intelectual del autor- y las supuestas y no confirmadas
pruebas de que el antedicho Creador exista se anuncian una y otra vez, con
bombo y platillos, profusión de citas a pie de página, y una soberbia que no
consigue disfrazar. Pero ellas se resisten: las evidencias que proclama no se
enteran de que el autor las esá publicitando, y no comparecen.
En
la página antedicha el autor prodiga todo su desprecio por los no
creyentes, dando por bueno lo que no es
otra cosa que una equivocación total en sus conclusiones, y lo único que puede
obtener con ello es el merecido trofeo con el que podrían obsequiarle los no
creyentes: un desprecio del mismo tamaño del que él les dedica.
La
indigencia filosófica del autor, la negligencia en el uso de las citas, la osada
faena de rellenar 402 páginas sin presentar ninguna prueba de la existencia de
Dios, el desprecio que prodiga a los no creyentes y la soberbia -que niega, pero
que desparrama en toda la obra-, no contribuyen para nada a un diálogo sano
entre unos y otros.
Dicho
lo dicho, podemos orientar el diálogo entre creyentes y no creyentes con
respeto para entrambas partes, con argumentos menos presuntuosos, dejando la
soberbia en el cajón de los trastos que entorpecen la tarea de pensar,
prestando atención a los argumentos y proponiendo argumentos que puedan
competir con ellos.
Dejemos a la ciencia que se siga ocupando de sus asuntos, agradezcámosle los servicios a la causa, y pasémosle la palabra a la filosofía, que ella sí tiene algo relevante que decir, como hemos visto en las páginas que anteceden y como veremos en las páginas
Comentarios
Publicar un comentario