ARTHUR SCHOPENHAUER: EL AZAR Y LAS CASUALIDADES EN NUESTRAS VIDAS


                                                   
                       ARTHUR SCHOPENHAUER: 
                   EL AZAR Y LAS CASUALIDADES 
                            EN NUESTRAS VIDAS

 

¿EXISTE EL AZAR?


¿EXISTEN ENCUENTROS CASUALES?


 ¿Y SI TODO LO QUE NOS ACONTECE ESTUVIERA DETERMINADO POR UNA CADENA DE LEJANAS CAUSAS?

  

¿QUÉ OCURRE CUANDO CONOCEMOS A ALGUIEN QUE NOS CAMBIA LA VIDA?

 

 ¿SOMOS LOS AUTORES DE NUESTRAS BIOGRAFÍAS 

 Me dice mi amigo Schopenhauer que la creencia en una dirección supranatural de los acontecimientos en la vida del individuo -algo así como una providencia especial-, ha existido siempre. 
        Eso nos consuela cuando estamos ante casualidades que nos agobian, y nos decimos: “no hay mal que por bien no venga.”

Y damos en pensar que acaso sea una suerte algo que -cuando llega-, nos parece una desgracia. Pero veremos en qué consisten esas supuestas (y no confirmadas) “casualidades”.

Ese es el asunto que trato en estas líneas. La vida es una tragedia, si la contemplamos en su totalidad (la vejez, el espanto de la muerte), y una comedia, si reparamos en los detalles (dificultades para conseguir trabajo, crisis de salud, pérdida del amor, otras adversidades).


¿POR QUÉ NOS OCURRE LO QUE NOS OCURRE?

Tu y yo, querido lector, nos hemos hecho alguna vez esa pregunta. El filósofo piensa que todo lo que nos ocurre -sin excepciones-, se produce con “rigurosa necesidad”.

No vacila en afirmar que -por mucho que el curso de las cosas se muestre en apariencia como casual-, lo cierto es que, en el fondo, no lo esEntiende que se trata de una verdad a priori: es decir, irrefutable.

En realidad, todas esas casualidades ocultan una necesidad profunda -el destino- cuyo instrumento no es otro que el AZAR  

Y afirma que la mántica -todo lo relacionado con la adivinación del futuro-, pretende anticiparse a lo que ocurrirá, mediante la interpretación de signos o de símbolos.

 

¿CASUALIDAD EN NUESTRAS VIDAS, O CAUSALIDAD OCULTA?

La creencia insiste en dar por sentado que la necesidad de lo que acontece no es ciega, sino que sigue el curso de un proceso planificado. Es, sin duda, una suerte de fatalismo indemostrable: le llama fatalismo trascendente.

Ese fatalismo trascendente surge en relación con el propio destino del individuo, y da pie a que -cuando tenemos ya una cierta edad-, al observar el hilo de nuestras vidas ese pensamiento pueda suponer un consuelo... y tal vez algo de verdad.

Sí, es cierto. Al contemplar nuestra vida, nos parece encontrar un cierto plan, que tiene toda la apariencia de haber sido trazado. Encontramos una cierta coherencia en nuestra biografía.

Lo describe como “un impulso secreto, que lleva a cada uno por el CAMINO correcto, que es el único adecuado para él, pero de cuya dirección rectilínea sólo se da cuenta una vez que lo ha recorrido”.

Afirma que no hay plan en la historia universal, sino en la vida de los individuos, que son lo único real: los pueblos son  una mera abstracción. De ahí que la historia universal carezca de un significado metafísico directo: sólo es una configuración casual.

La naturaleza lo hace todo por la especie: no hace nada únicamente por el individuo. Para ella la especie lo es todo: el individuo, nada.

 

LAS CASUALIDADES, EL AZAR Y NUESTRA BRÚJULA INTERIOR

Y añade que, aunque el curso de las cosas que nos acontecen se muestre en apariencia como puramente casual, en el fondo no lo es, sino todo lo contrario: todas esas casualidades se producen bajo el paraguas de una necesidad profundamente oculta, cuyo instrumento es el AZAR.

Mi amigo filósofo encuentra la clave de esto en el carácter innato del individuo: cada uno busca, decide, actúa, de manera inmediata y casi instintiva. Es una forma de conocimiento que impulsa  a la acción sin haber llegado claramente a la conciencia: le llama “la brújula interior”.

Es un impulso secreto que lleva a cada uno por el CAMINO CORRECTO, que es el único adecuado para él, pero de cuya dirección rectilínea sólo se da cuenta una vez que lo ha recorrido.

Afirma que la coherencia estructurada que atribuimos a los acontecimientos de nuestra biografía sólo es un efecto inconsciente de nuestra fantasía ordenadora y esquematizadora.

Lo cierto es que hay una unidad de LO CASUAL y de LO NECESARIO que radica en lo más profundo de lo que ocurre.

 

CREEMOS QUE SOMOS DUEÑOS DE NUESTROS ACTOS

Vivimos en la creencia de que somos dueños de nuestros actos, autores de las decisiones que han ido escribiendo el guion de nuestras vidas.

Pero cuando miramos hacia atrás, y registramos algunas decisiones descarriadas, no entendemos cómo hemos hecho una cosa y hemos rechazado otra. Sentimos entonces que es como si un poder ajeno a nosotros hubiese orientado nuestros pasos.

El filósofo me habla de un poder que atraviesa el acontecer de nuestras vidas con un hilo invisible, incluidas las cosas que la cadena causal deja sin ninguna conexión mutua. 

Es un poder insondable, que surge de la unidad de la profunda raíz de la necesidad y de la causalidad: es lo que en la antigüedad llamaban DESTINO, y que los cristianos llaman PROVIDENCIA.

Esos términos son alegorías de ese poder invisible, que el filósofo residencia en nuestro propio y enigmático interior, puesto que el alfa y el omega de toda existencia radica en nosotros mismos.

Me dice que la analogía de ese poder en el individuo es la teleología de la naturaleza, que ofrece lo adecuado al propósito como si se produjera sin conocimiento de ese propósito: del juego de las fuerzas ciegas de la naturaleza -que actúa según unas leyes inmutables-, termina por surgir un mundo armónico, como si fuera diseñado para algun objetivo.

 

¿EXISTE ALGÚN ACONTECIMIENTO QUE SEA VERDADERAMENTE CASUAL?

¿Qué supone que algo sea “casual”? Responde el filósofo: casual significa el encuentro en el tiempo de lo que no está conectado causalmente. 

Y afirma que no hay nada absolutamente casual. ¿Por qué esto es asi? Pues porque lo que nos parece casual es también lo que es necesario que ocurra, tras recorrer un largo camino en el tiempo.

Y es que las causas decisivas -situadas en lo más elevado de la cadena causal-, hace mucho tiempo que han determinado necesariamente que algo se produzca precisamente en ese momento, y -por lo tanto-, simultáneamente con alguna otra cosa.

Dicho en otras palabras: todo acontecimiento es el eslabón idividual más reciente de una cadena de causas y efectos que avanza en dirección del tiempo, y que nosotros ignoramos. En virtud del espacio, existen innumerables de esas cadenas causales, unas al lado de las otras.

Pese a ello, esas cadenas no son ajenas entre ellas. Y tampoco carecen de un vínculo común: se hallan entretejidas. El filósofo nos lo explica así: varias causas, que actúan al mismo tiempo, cada una de las cuales produce un efecto distinto, han surgido en una fase anterior de una causa común, y -por lo tanto-, están tan emparentadas como los bisnietos respecto al bisabuelo.


¿QUÉ OCURRE CUANDO CONOCEMOS A ALGUIEN QUE NOS CAMBIA LA VIDA?

Esto sería así, y cuando conocemos a una persona que nos cambia la vida, y sentimos íntimamente que estábamos destinados a encontrarla, podríamos pensar que ese encuentro -ese efecto particular que irrumpe en nuestras vidas-, necesitó del encuentro de muchas pequeñas causas distintas: cada una de ellas fue un eslabón de su propia cadena, y todas ellas proceden de un pasado lejano.

Todas esas cadenas causales que avanzan en la dirección del tiempo, forman una inmensa red común entrelazada, que avanza en dicha dirección, constituyendo así el curso del mundo.

El filósofo me pide que imagine esas cadenas causales como meridianos que estuvieran en la dirección del tiempo. Así lo hago. 

En todas partes puede ocurrir lo simultáneo, y -por lo tanto-, algo que no está en una relación causal directa a través de círculos paralelos.

 

LA METÁFORA QUE NOS PERMITE ENTENDER QUE LO CASUAL ES CAUSAL

Aunque lo que se sitúa bajo el mismo círculo paralelo es autónomo -no depende mutuamente, de manera directa, de lo que ocurre por encima de otro círculo paralelo-, sí está en conexión mediata con él, aunque esta conexión sea lejana, por el entrelazamiento de toda la red, o del conjunto de todas las causas y efectos, que avanza en la dirección del tiempo. Su actual simultaneidad es, por eso mismo, necesaria.

Y en eso se basa el encuentro casual de todas las condiciones de un acontecimiento necesario. Por lo tanto, nada es absolutamente casual: todo se produce por necesidad. 

Afirma el filósofo que incluso la misma simultaneidad de lo que no depende causalmente -eso que llamamos AZAR-, es necesaria, dado que lo ahora simultáneo ya fue determinado por causas producidas en un pasado más lejano. Es así que todo se refleja en todo.

Y para echarle una mano al lector -que puede andar un poco perdido-, le ofrezco el mapa de meridianos y paralelos, que le ayudará a comprender la idea del filósofo. Sobre todo, esa relación invisible que existe entre lo casual y lo causal, siendo lo primero casual ante nuestros ojos, y causal en esa suerte de red de redes entrelazadas en las que discurren nuestras vidas.


EL ENIGMA DE NUESTRAS VIDAS

Dicho lo dicho, ¿somos los autores de nuestras vidas? Ya lo dijimos: sí, vivimos pensando que somos los autores de nuestras biografías. 

No se nos ocurre dar albergue a la idea de que somos meros intérpretes, actores que repetimos como loros un guion que está dramáticamente predeterminado.

Sin embargo, la antedicha idea nos interpela. Y no atinamos a encontrar la respuesta correcta. Digamos que caemos en las aguas profundas de la metafísica, allí donde ni hacemos pie ni vemos la línea de la costa.

Me dice el filósofo que todos los acontecimientos de la vida de un hombre estarían en dos formas totalmente diferentes de relación:

-           En la relación objetiva y causal del curso natural;

-         En una relación subjetiva y casual, que sólo existe en el individuo que la experimenta.

El encuentro con una persona que cambia nuestro destino queda condicionado por una lejana cadena de causas infinitamente larga y rigurosa. 

El filósofo confiesa que su propuesta es “una mera fantasía metafisica”, y no descarta que “tal vez sus consideraciones no sean más que un tantear en la oscuridad”.

         Y nosotros nos preguntamos si la idea del filósofo es más fantasiosa que las fantasiosas, peregrinas y prescindibles ideas de los teólogos: la imaginación que despliegan imita a la del novelista, sin conseguir jamás una trama y un argumento relevante. 

         A no ser que su problema sea otro: equivocan la lectura de la metáfora, leen como prosa lo que es poesía, y dan por buenos sus textos, que al lector avispado sólo le provocan bostezos y sonrisas de medio lado.


SABIDURÍA Y MITO DE LA IGLESIA CATÓLICA

Mi amigo afirma que la creencia en una providencia especial, o en una dirección supranatural de los acontecimientos en el decurso de la vida de un individuo, siempre ha existido.

Y sobre esa afirmación se nos ocurre añadir lo que sigue: la supuesta (y no comprobada) idea de la providencia de los cristianos -recordemos que sólo es una creencia-, encierra una indudable sabiduría, que sólo se ve acompañada por la contaminación de un no menos indudable infantilismo.

La sabiduría radica en haber alcanzado esa idea, o haberla heredado del judaísmo. El infantilismo es haberla convertido en doctrina de fe. 

Fue una arbitrariedad haber convertido los deseos de los hombres en una supuesta verdad incontrovertible que no soporta tal operación: pensar que Dios rige nuestros destinos, y elevar esa decisión al rango de doctrina de fe, revela su fragilidad.

Es probable que Baruch Spinoza argumentara que eso que Schopenhauer llama fatalismo trascendente está en el orden de la Naturaleza. Imaginamos que añadiría: Dios y la Naturaleza son una misma sustancia.

Dicho en román paladino: lo que llamamos Dios no es otra cosa que la Naturaleza. Y el fatalismo trascendente es al alemán  lo que la Providencia es a la Iglesia.

Teniendo en cuenta lo anterior, la doctrina de la PROVIDENCIA no sería verdadera en sí misma, pero sí sería la expresión mediata -alegórica y mítica-, de una verdad. 

Como todos los mitos religiosos, fue un recurso para conseguir la tranquilidad subjetiva del creyente: conjura el espanto de la soledad ante el universo, ante la indiferencia de la naturaleza en relación con los destinos humanos, y ante la segura y terrible muerte.

Como dice el filosofo, no sería verdad, pero sí tan buena como la verdad.

 

EL DISCUTIBLE SENTIDO DEL HUMOR DE LOS TEÓLOGOS

Si los teólogos hubieran comprendido que se trataba de una mera alegoría, no hubieran incurrido en la operación que denunciamos. 

Pero fueron (son) víctimas del impulso irrefrenable de convertir en dogma, o en doctrina de fe -o sea, en mito- lo que no debió ser otra cosa que una figura literaria.

Ahí están expuestas -con economía de recursos- la sabiduría y la estrategia de la iglesia católica, su supuesta (y no conseguida) universalidad, y el evidente provincianismo de aquella fiebre  doctrinal y dogmatizadora irrefrenable.

Al hilo de lo anterior, una pregunta se asoma al texto que escribimos: ¿son necesarios los dogmas a una religión? ¿A qué se debe ese irresistible impulso dogmatizador de la religión cristiana?

Quien eleva a dogma algo, está reconociendo su naturaleza ficticia, esto es, no histórica: solo de mera creencia. Si fuera indubitablemente histórico lo que se pregona, no sería necesario dogmatizarlo: a nadie se le ocurre proclamar como dogma la muerte de Sócrates o los textos de Aristóteles.

De lo dicho, ¿debemos colegir que el Vaticano es la sede central de una administración de ficciones? Ni más ni menos. La  historia no registra la resurección de nadie: solo recoge el testimonio de algunas personas -no especialmente cualificadas- que creyeron en ella. 

Si unos pescadores de nuestros días aparecieran en las noticias de la televisión diciendo que habían presenciado la resurección de su jefe, los enviarían al psiquiatra o los contratarían en un circo.

Los teólogos son gente que está encantada de haberse conocido. Esa tribu carece del mínimo sentido del humor: no consigue de nosotros ni siquiera una forzada sonrisa ante el fracaso de tamaña humorada. 


EL ERROR DE TEÓLOGOS Y CREYENTES

No equivocaba el diagnóstico Jorge Luis Borges cuando escribió estas líneas:


  "Recuerdo haber leído sin desagrado (..) dos cuentos fantásticos: `Los viajes del capitán Lemuel Gulliver´, que muchos consideran verídicos, y la `Suma Teológica´".


    
    Teólogos y creyentes incurren en un error de antigua data: no saben ser lectores. La lectura les confunde. 

    Leen como descripciones de acontecidos históricos lo que en realidad es mera alegoría y evidente mito. Están prisioneros en la lectura de sus metáforas, atrapados en la prisión de una pésima lectura, y no hay manera de ayudarlos a que escapen de la prisión.
    Podrían  horadar los muros de sus celdas, abriendo un pasillo hacia campo abierto: ese pasillo es la razón, no contaminada por la hojarasca acumulada en los muros milenarios de esa prisión.




Comentarios

  1. Olvidé añadir ese río subterráneo, que fluye -silencioso-, bajo millones de seres humanos, que atraviesa generaciones y generaciones, y deja su huella en nuestras biografías: la herencia genética que recibimos de nuestros antepasados -próximos remotos-, que legamos a las generaciones que nos sobrevivirán.

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  2. Olvidé consignar algo relevante, que añado aqui. ¿Que nos queda del prestigioso -y dudoso- LIBRE ALBEDRÍO? Según el amigo Schopenhauer, nada. El filósofo rechaza la existencia del libre albedrío, pues ve en nuestras acciones el resultado de una larga y desconocida cadena de pequeñas causas y efectos. Y me dice que la libertad es una ilusión, que consideramos autónoma, al margen de la influencia del entorno. Diríamos que es verdadero como experiencia subjetiva, y mera ilusión como algo objetivo.

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