LAS APARICIONES DE LA VIRGEN
¿EXISTEN LAS APARICIONES?
Las apariciones de la virgen asombran a creyentes y no creyentes, y podemos trazar una frontera entre aquellos y estos: los primeros se enfurecen cuando alguien cuestiona sus creencias; los segundos se aventuran en las preguntas, y acaso dan con respuestas intelectualmente relevantes, que incomodan a los primeros.
“las experiencias de apariciones de fantasmas se presentan exactamente iguales a la presencia real de un cuerpo, y sin embargo no lo es”.
Esto es aplicable a las apariciones de la virgen: unas 2.500, de las que el Vaticano reconoce como auténticas menos de 20.
Ante esas experiencias, el filósofo
se pregunta si no sería posible que un estímulo procedente de otro lado llegue
al cerebro alguna vez, y pueda ser elaborado por éste, exactamente igual que si
hubiera sido generado por un estímulo exterior.
¿Cuál es ese “otro lado”? Para centrarnos en el tema, diremos que el problema está en saber si pueden formarse realmente en nuestro cerebro imágenes idénticas e indiscernibles de las que origina la presencia de los cuerpos que obran sobre los sentidos externos, sin que medie la influencia de estos.
Antes de proseguir con nuestro análisis, una noticia que al autor de estas líneas le produce asombro, que evoluciona hacia la risa y concluye en carcajada. He aquí la noticia: ¡¡¡Existe una ACADEMIA MARIANA"
SOBRE EL ORIGEN DE LAS APARICIONES
El filósofo se refiere a la fuente del estímulo que provoca la aparición, que no es del exterior, sino del interior: procede del propio organismo que experimenta la aparición.
Para ofrecerle al lector un aperitivo antes del plato principal, le adelanto lo siguiente: los que han tenido una aparición de la virgen dicen la verdad.
Otra cosa -muy diferente-,
es la validez que tiene la versión que dan de esa experiencia.
PENSEMOS
EN LOS SUEÑOS
El filósofo encuentra que eso ocurre en los sueños. En ellos nos representamos personas y situaciones ausentes: la fuente es la fantasía.
Y dice que los sueños son como una breve locura. Lo que representamos en los sueños no tiene su origen en las impresiones exteriores de los sentidos.
Esas figuras oníricas que desfilan por la mente mientras dormimos son producto de una excitación puramente fisiológica del interior del organismo.
LAS APARICIONES DE FANTASMAS
Afirma
que los sueños, la percepción del sonámbulo, la clarividencia, la visión, la
segunda vista -la supuesta capacidad de percibir información sobre
acontecimientos futuros, o que tienen lugar en entornos lejanos-, y las
posibles apariciones de fantasmas, son fenómenos muy emparentados.
El que tiene esas experiencias recibe una intuición, que se representa objetivamente por un órgano diferente al del estado habitual o de vigilia.
No le
llega por los sentidos externos -los órganos sensoriales periféricos, como el
ojo y el oído-, pero es igual que si le llegara por ellos: le llama “el
órgano de los sueños”.
EL ÓRGANO DE LOS SUEÑOS PUEDE ABRIRSE EN LA
VIGILIA
Ese órgano de los sueños puede llegar a funcionar -de manera excepcional- con el cerebro despierto.
Ello es tanto como decir que el ojo con el que vemos los sueños también puede abrirse en la vigilia.
Y es entonces cuando aparecen ante nosotros imágenes tan ilusoriamente semejantes a las que nos entregan los sentidos -y llegan al cerebro-, que consiguen confundirse con ellas.
El órgano de los sueños
actúa sobre el cerebro desde el sistema nervioso vegetativo -la parte del
sistema nervioso que controla las funciones involuntarias del cuerpo-, por
medio del nervio simpático -la red de nervios que se extiende por todo el
cuerpo-, y sus ganglios, a través de la actividad de las células nerviosas.
En ese caso estamos ante lo que llamamos alucinación, visión, segunda vista o aparición, según dónde esté su causa lejana.
Por lo visto, no es imposible que el órgano de los sueños pueda alcanzar en el estado de vigilia la misma experiencia en dos o varias personas.
Es el caso de un fantasma visto simultáneamente, que es percibido de una forma tan objetiva como un cuerpo, o el caso de las pastorcillas que compartieron la misma experiencia en la localidad portugesa de Fátima.
EL
VIDENTE NO MIENTE, PERO LA VIRGEN NO COMPARECE
Dicho lo dicho, aquí va el plato principal, que se deduce fácilmente de lo dicho en el epígrafe anterior: la virgen que se le aparece a una persona tiene todo el aspecto de estar ahí, ante él -en su exterior-, pero no está en ese exterior, sino en su interior.
En metáfora de las nuevas tecnologías de la información, lo diremos así: el que emite la señal que recibe no es el entorno -o sea, el exterior-, sino el propio individuo.
Es como una
proyección en circuito cerrado: yo pongo un DVD de Marilín Monroe, pero la veo
sólo yo, no los vecinos. Y Marilín no está en mi casa -lo que es una pena sin
consuelo posible-, sino en un artefacto que la proyecta ante mí.
Lo que la persona ve en una aparición de la virgen es algo así como un holograma de la virgen perpetrado por el ojo con el que vemos los sueños, ese órgano de los sueños, que despierta en la vigilia, y le prepara esa sesión.
El individuo ha experimentado una aparición de la virgen, pero en ese episodio, el emisor de la imagen, la imagen emitida y el receptor que la recibe son uno y el mismo.
Esa pregunta no es irrelevante. Ni la tradición oral ni las experiencias de otros añaden argumentos al problema.
Aceptarlas como reales sería seguir cautivos de los mitos: aunque les llamen dogmas, que es una manera de confirmar que son ficciones.
Si no fueran ficciones, no necesitarían dogmatizarse: nadie dogmatiza los hechos históricos, sea la muerte de Sócrates, el Imperio Romano, la muerte de Felipe II o la evolución de las especies.
El dogma es el recurso que se emplea para blindar una creencia. El creyente la acepta como verdad, pero no es verdad: es su negación.
Si fuera verdad, no haría falta blindarla: el dogma sobraría.
¿LA TRADICIÓN ORAL MERECE ALGÚN RESPETO COMO CRITRIO DE VERDAD?
Ese recurso desalienta o impide el pensamiento crítico: el único que hay. El pensamiento generado en el estrecho (y blindado) ámbito de las creencias, es irrelevante. No consigue superar su contaminación.
La falta de espíritu crítico entre los creyentes trabaja a tiempo completo para poner a salvo la ortodoxia.
Tradición oral y experiencias de otros son los obreros que hacen horas extra para prestigiar y poner a salvo de la crítica los textos que construyen la ortodoxia.
En ese entorno psicológico y cultural, la verdad no es un trofeo apreciado, a pesar de que se la mencione una y otra vez,
Y aunque la ortodoxia pase por verdad, es lo cierto que no cuesta nada arrancarle el antifaz.
ORTODOXIA Y VERDAD ESTÁN EN UNA RELACIÓN DE RESTRICCIÓN CONJUNTA
La ortodoxia nada tiene que ver con la verdad: la traiciona. Te diré más. Verdad y ortodoxia están en una relación de restricción conjunta, de modo que a más de una corresponde menos de la otra, y viceversa.
No faltamos el respeto a los que creen en las apariciones: pero no extendemos ese respeto a sus creencias.
Las creencias no son sujeto de derechos, ni de respeto: acreedores a lo uno y lo otro son los creyentes, no el travieso y caprichoso mobiliario de sus creencias.
Y como la virgen que se les aparece -sea en Lourdes, sea en Fátima, en Garabandal, en El Escorial, en el Tepeyac o en un pozo de Puerto Rico-, tampoco es un sujeto -sólo una creencia-, tampoco extendemos a ella el respeto, porque ni le alcanza, ni le corresponde.
A MODO DE CONCLUSIÓN
Una conclusión se impone: ninguna virgen ha comparecido, y no ha tenido arte ni parte en los triviales y prescindibles mensajes cuya autoría le atribuyen los creyentes.
Al menos, desde la perspectiva del idealismo, esa es la única hipótesis aceptable.
No olvidemos que -como nos recuerda el filósofo alemán-, la suposición del idealismo es que resulta totalmente injustificable la suposición de que el hombre se compone de dos sustancias radicalmente distintas: una material (el cuerpo) y otra inmaterial, a la que llaman alma.
Considera que esa hipótesis espiritualista de las apariciones no se sostiene, y recuerda que, contra ella, se dirigen todas las disputas racionales.
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