BARUCH SPINOZA, PABLO Y SU INVENCIÓN DE UN DIOS ASIÁTICO
LA TAREA DE LA FILOSOFÍA, LIBERAR A LOS HOMBRES DE LA RELIGION
Baruch Spinoza nos recordaba cuál era la tarea propedéutica de la filosofía: liberar a los hombres de la servidumbre de la que no son conscientes.
Y nos dice que, haberlas convertido en textos de una
pretendida validez universal, fue un disparate, una extrapolación caprichosa,
que sólo puede prosperar con la complicidad de la ignorancia y del temor del pueblo.
En otro texto recordábamos lo que decía Pablo: escribía lo que le dictaban sus sentimientos. Sólo se me
ocurre añadir: ¡Dios nos guarde de los exaltados sentimientos de los fanáticos
de aquellos tiempos y de estos!
PABLO, PATRONO DEL MARKETING RELIGIOSO
Porque la travesura de Pablo fue la siguiente: arropó al ciudadano hebreo Yeshua ben Yosef con un vocablo que le era totalmente ajeno, porque era griego: “Christós”. Y con ese recurso se inventa un personaje, al que llama Jesucristo.
Su imaginación convierte a Pablo en el patrono de marketing reigioso.
Lo que nos lega es un protagonista peculiar -al margen de la historia-, una creación literaria que compite con las geniales locuras que nos regaló García Márquez.
El Jesucristo que inventa es una especie de ser anfibio, un hebreo mestizado con los griegos, un judío desteñido -los atenienses no se tomaron en serio la imaginativa prédica de Pablo-, que ya estaba en condiciones de exportar al mundo de los gentiles.
Oculta que aquel oscuro hebreo nunca amplió su prédica hacia los gentiles, que
oprimían a su pueblo, único destinatario de su prédica.
LA FICCIÓN DE PABLO TRIUNFA EN EL I CONCILIO DE NICEA
Y la posteridad del tarsiota no hace sino adoptar ese personaje ficticio, con decisiones teológicas no menos arbitrarias que las de Pablo.
En Nicea, -año 313-, en un concilio vigilado de cerca por el emperador Constantino I, se aprueba que aquel hebreo tenía dos naturalezas, humana y divina, derrotando a Arrio, que sostenía que Jesús no era Dios mismo, sino una creación de Dios.
¡Eso hubiera sorprendido al Jesús hebreo! Probablemente le hubiera entrado un ataque de risa.
Lo cierto es que, en aquellos días, la ficción de Pablo, el dios asiático construido por su imaginación, ya tenía la posteridad asegurada.
Esa travesura paulina despierta en mí el recuerdo de otras lecturas. Erich Fromm decía que la aventura de aquel hebreo no es la historia de un dios que se convierte en hombre, sino el fantasioso relato de un hombre que se convierte en Dios.
Antes
que él, Friedrich Nietzsche había dicho lo mismo.
LOS DIOSES SON INVENCIONES DE LOS HOMBRES
No debería sorprendernos comprobar que los cristianos actuaron con la misma mentalidad que tenía la sociedad en la que prosperaron: la cultura del
Imperio Romano -que la Iglesia llamará pagana-, elevaba a la divinidad a sus
hombres ilustres fallecidos, y les dedicaba estatuas que perpetuaban su
presencia en Roma.
Pagano es su infierno, pagana es la virgen que pare un dios, y paganos son los auxilios que siglos después buscarán en Atenas: Platón es el primero; Aristóteles es el segundo.
Borges decía que la fe católica es "un conjunto de imaginaciones hebreas supeditadas a Platón y a Aristóteles."
Pero no imitaron a los paganos en todo: cuando las legiones del Imperio conquistaban una ciudad, respetaban a sus dioses, porque consideraban que en esa ciudad los únicos dioses verdaderos eran los que sus habitantes veneraban.
Los cristianos,
en cambio, practicaban un celo compatible con la intolerancia: imponían su asiático dios, que les parecía el único verdadero.
Se me ocurre que no es mala idea recordar aquí algo que se impone al observador objetivo: es de obligada honestidad intelectual no atribuir a una incierta divinidad las decisiones que han tomado los hombres sobre los dioses.
Los dioses son invenciones de los hombres. Y decisiones de los hombres son las religiones, inventadas para defenderse de la ira de los dioses, para chantajearlos y bienquistarse con ellos.
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