¿POR QUÉ UNA LEY QUE PROTEJA LOS SENTIMIENTOS RELIGIOSOS?

¿ES NECESARIA UNA LEY QUE PROTEJA LOS SENTIMIENTOS RELIGIOSOS?


En España tenemos una ley que proteje los sentimientos religiosos. Y uno se pregunta por qué hay un grupo social -el de los católicos-, que necesitan esa protección. 

¿Padecen alguna minusvalía intelectual, o emocional, que justifque la acción punitiva del Estado, que castiga a los que osan ofender sus sentimiemtos?

¿Se extiende esa protección a los sentimientos del resto de los ciudadanos?

Se puede justificar una ley que proteja al lobo, otra  ley que proteja a las ovejas de los ataques del lobo, una tercera que defina al águila ibérica como “especie protegida”, una cuarta ley que proteja a una determinada raza de caballos, o de perros, una quinta ley que proteja a las madres solteras, o a los que viven en la miseria.

Pero, ¿cuál es la razón que impulsa a los legisladores a aprobar una ley de protección a los sentimientos de un grupo social?


ORTODOXIA Y VERDAD ESTÁN EN UNA RELACIÓN DE RESTRICCIÓN CONJUNTA


Los creyentes están afiliados a una determinada ortodoxia. Y la ortodoxia nada tiene que ver con la verdad: la traiciona. 

Te diré más. Verdad y ortodoxia están en una relación de restricción conjunta, de modo que a más de una corresponde menos de la otra, y viceversa.

No faltamos el respeto a los que creen en las apariciones: pero no extendemos ese respeto a sus creencias ni a sus sentimientos 

Creencias y sentimientos no son sujeto de derechos, ni de respeto: sólo los creyentes son acreedores a lo uno y lo otro, no el travieso y caprichoso mobiliario de sus creencias.

 Y como la virgen que se les aparece -sea en Lourdes, sea en Fátima, en Garabandal, en El Escorial, en el Tepeyac, o en un pozo de Puerto Rico-, tampoco es un sujeto -sólo una creencia, sólo una ficción-, tampoco extendemos a ella el respeto: ni le alcanza ni le corresponde.

 

LOS NO CREYENTES NO NECESITAMOS UNA LEY QUE NOS PROTEJA


Los librepensadores, agnósticos, ateos o indiferentes no necesitamos a nadie que defienda nuestros sentimientos, y que vele por nosotros: nos defendemos muy bien solos. 

Y nos bastan nuestros argumentos para enfrentarnos a cualquiera que quiera cuestionarlos, presentando los suyos.

Nuestros sentimientos son cosa nuestra, y nos trae al pairo que alguien los cuestione, los ataque o los ignore.




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